lunes, 17 de noviembre de 2008

V

Salí a caminar. A despejarme el bocho. Eso creo. Porque creo, sí. En sus dos acepciones, la de creer y la de crear. La de crear me encierra en casa cual batichica sedentaria. La de creer me arroja de vez en cuando por las calles tan poco geométricas de mi barrio, donde los silencios siempre mueren como tantos triángulos viejos. Bah. Una obviedad. Sigo. Me gusta pasear mirando balcones cuando no tengo ningún plan. O sea, paseo bastante. Sigo. Quizás encuentro a alguien que conozca a alguien que yo conozco y quiera tomarse algo conmigo para hacernos compañía mutuamente. Pero atenta, no sea cosa que me lo encuentre. Mejor me pongo las gafas. Qué ridícula, no hay sol. No importa. Me detengo. Me siento. Tilt. Un cigarro en la plaza. Lo apago y mejor a casa, sin ganas. Número 9 de la calle del Tribulete y la mano derecha en el bolsillo, sin fondo. Mierda. Perdí las llaves. ¿Metafísica? No, no. Las llaves. Las busco por si acaso en las profundidades abismales de mi bolso. Adentro de no se qué. En ese bolsillo secreto que siempre tienen los bolsos. Y nada. Vaya a saber qué puertas andarán tocando. Que lo sepan, no les van a abrir y van a volver. Con el llavero cansado. Van a volver. Tintineantes, pero con miedo. Mejor las voy a buscar. Deshago el camino andado. ¿Metafísica? No, no. Deshago el camino andado. Mirando para abajo y pateando el embole con la punta de las botas. Y ahí estaban, al pie de un banco de la plaza. Tan brillantes que tuve que desviar la mirada. Y entonces lo vi, bajando la cuesta y arrastrando los pies. Tan guapo, tan sexy, tan guay. Me quedé agachada detrás del banco, mientras le pedía al cielo nublado que no me vea y le agradecía por no haberme tenido que dejar 50 pavos en un cerrajero. (Si se pide, hay que ser agradecido, por lo menos con el cielo). Apreté mi tesoro sin darme cuenta hasta pincharme. Abrí la mano y miré las llaves. Quizás se tienen que cerrar algunas puertas para que otras se abran. ¿Metafísica? Ahora sí, y de lo más agustiniana.
A casa, esta vez con ganas. A cumplir con los ritos de la hibernación. Ya me estaba cansando de tanto buen rollito veraniego. Que el solcito, que el calorcito, que qué se yo. Basta ya. Y cuánto invierno. Y tanto. Y las frases, esas de invierno. Esas que yo me invento, paparruchadas, un copete de la galera. Estoy fibrilando, esa es una. Es todo una cuestión de actitud. Otra. Y entonces lluvia. A cántaros. Se casa una vieja. Caen sapos del cielo. Y una vagancia mental importante, unas vacaciones de la neurona. Una necesidad de siesta. De enrollarme entre las sábanas. Con frío y con lluvia. Mojada. Húmeda. Pensando en Antón. Así, tierno, acalorado, liviano, con aire, bien, bien, mejor, mucho mejor... Como que el frío te da un margen, al boludeo, al vagabundeo absurdo, a la paja sublimada. Y aunque uno vaya a la misma velocidad que siempre, o quizás más, hay cosas que suceden diferente. Distinto. De otra manera. Por eso quiero que se haga de noche, que es poco pedir por lo rápido que anochece. ¿Me iba a perder yo el lugar común de mencionar el cambio de horario? De ninguna manera. Si está en el campo mórfico. En boca de todos. Como la Duquesa de Alba. Sí, mejor que se haga de noche. Que se termine el día. Que parece lo mismo, pero no, no es igual. Mejor no pienso. Mejor me olvido. Ni se te ocurra llorar. Te lo digo a ti, my little Drama Queen, no se trata de nada que un buen chute de glucosa, clonazepam y cine dramático no pueda ayudar a sobrellevar...
Media bolsa de gominolas después, Ilsa Lund le había confesado toda su verdad a Rick Blaine, y yo aún no podía encontrar el modo de procesar la mía. Mi vida sin Antón no rankeaba ni para promo de novela venezolana. Era mucho peor que eso. Hip. But what about us? Hip. Hip. We’ll always have Paris. Hip. Hip. Hip. Pausa. Hip. Humphrey Bogart me miraba. En blanco y negro. Hip. Yo me azulaba. Hip. Hip. Me tomé un vaso de agua batida con un cuchillo cabeza abajo y sin respirar y el hipo no se pasaba. El hipo me ahogaba. Luego se fue el ruido y se aquietó el diafragma, pero la garganta se me había quedado anudada. El aire no pasaba y mi corazón demoraría exactamente tres minutos y medio en detenerse. Casi explotaba, yo lo notaba. Calma. Calma. No pasa nada. Sí, estoy fibrilando. No, tranquila, no pasa nada. Es todo una cuestión de actitud. Solo estoy somatizando. Somatizo lo que me pasa y también lo que no me pasa. Somatizo lo que podría pasarme, lo que soñé que me pasaba, lo que me terminó pasando y también somaticé el día en que le arruiné el pelo a mi primera Barbie jugando a la peluquera...
Ahora estaba somatizando que todo había sido cuestión de suerte. Eso dijo él. Eso tuve que entender. Pensando que había sido también una cuestión de tiempos y que nuestro timing estaba fatalmente des-sincronizado. Parece que el azar domina mucho mejor el tiempo que José Antonio Maldonado. Y con Antón, yo creía que tenía tiempo. Y que sólo me estaba tomando mi tiempo con tiempo. Mi tiempo con calma. Que manejaba el asunto cual malabarista china. Con toda la tranquilidad que me era posible, aunque no fuese tanta como la de la gente que vive en esa parte oriental del mundo. Porque mi tiempo me daría tiempo para muchas noches más. Porque a mí me gustaba esa rara complicidad que habitábamos de tanto en tanto. Ese aire sórdido y etílico soplándonos caliente en los oídos. Me gustaba la ironía compartida. Saber que cualquier noche podíamos telefonearnos o encontrarnos en algún garito del barrio.
Pero tenía tiempo sólo hasta que llegó ese día. Un día en que ya no hubo más tiempo. Ese día en el que la peor noticia de todas dio por tierra con mi máxima setentera de dejar que todo fluya. Ahí estaba el cachetazo posmoderno aplacando mis hormonas: capitalismo y globalización formaban una ecuación que definitivamente tenía como resultado la huída compulsiva. Sucedía que, en ese tiempo tan poco sincronizado que había discurrido entre sus vacaciones y las mías, mi Antón había decidido que se iba a la India por un año. Sí. A-la-India-por-un-año. Chan. Con ese acorde empezaba mi tango y mi pena empezaba a ser más honda que la de Malena.
No, no es justo. En absoluto. Propongo que Lucifer sodomice a Cupido. Por imbécil. Una flecha perdida, una negligencia angelical y cae sobre la tierra la peor de las tragedias. En el primer acto nos conocemos. Nos olemos. Nos gustamos. Como si yo fuera una chica encantadora a quien volver a ver si le pone ganas. Como cuando por fin encuentro a un tío que me gusta y también le pongo ganas. Nos revolcamos como locos. Como si la vida fuera, en vez de atroz, una vida fantástica. Entonces, e invariablemente, en el segundo acto aparecen los obstáculos. Se coman o no perdices en el tercero, parece que en el acto intermedio siempre hay que atragantarse. Yo me había salvado de atragantarme con el pollo al que le había ganado la batalla, pero esta vez podría terminar más enterrada que Desdémona...
Tenía que hacer algo, no me podía quedar de brazos cruzados. La primera idea que se me vino a la cabeza fue secuestrarlo. Podría conseguirme una mesa plegable, varios billetes de lotería falsos, una peluca y un par de gafas bien oscuras. Me plantaría con mi chiringuito frente a su casa y estudiaría sus movimientos. Después de todo, quién puede sospechar de una pobre cieguita trabajando para la ONCE. Eso hasta parecía divertido, pero lo difícil sería instrumentalizar el secuestro. Entonces pensé en pagarle a los muchachos de la barrabrava xeneize para que trabajen sucio. También me acordé que tenía un amigo en Nápoles y lo busqué en Facebook. Pero no, necesitaba algo más efectivo. Podría escribirle un mail a Bin y pedirle colaboración para violar la seguridad aeroportuaria. El entendería la causa, la gente con turbante también tienen corazón. Una amenaza creíble de bomba y el avión no saldría. Lo malo es que no se iba un 11, sino un 8. (¡Un 8!). El 8 les gusta a los chinos. A los terroristas les gusta el 11. ¿Cómo podría convencerlo? ¿Le bastarían mis conocimientos de numerología? En fin... No se rían, lo llevo fatal. Pensé miles de cosas hasta que terminé por entender que, a menos que aceptara vivir mis próximos veinte años entre rejas, el chico se iría de todos modos.
Y se iría de todos modos porque la conjunción de factores era tal que a mi virginiano solo le tocaba decir que sí. La gente se va a la India después de leer a Deepak Chopra o se compran la edición de bolsillo en el aeropuerto. La gente se va a la India para que Sai Baba le toque la cabeza. Algunos hacen labores humanitarias y salen en las revistas. Otras se convierten en verdaderas Madres de Teresa y otros en discípulos de la palabra de Gandhi. Algunos se van para sellar su unión matrimonial en el Taj Mahal, fotografía 13x21 incluida. Otros van a purgarse de las culpas del consumismo occidental arrastrando una mochila por meses y cagando sin parar. Se mire por donde se mire, salvo para algún yupie norteamericano con un ojo puesto en el Sensex y el otro en el Nifty, un viaje a la India supone, en el imaginario popular, un viaje espiritual. Hacia uno mismo.
Antón me contó que le asustaban los cambios, pero yo ya lo sabía. Me lo tenía bien estudiado. También me confesó que el cambio más grande en su vida había sido mudarse de Argüelles a Lavapiés, y que necesitaba una sacudida. El amaba Madrid tanto como yo, pero necesitaba irse para volver. Yo lo entendía. Yo me fui una vez para no volver, hace dos años que estoy cambiando y medio que lo asumo. Así es la vida. La gente cambia, cambia de peinado, de casa, de pareja, del crucigrama al sudoku, cambia de canal, de trabajo. Otros no cambian nada. Yo sabía que durante mis cambios –que son muchos- me tocaba aprender. Entonces cambié los valores. Necesitaba acomodarlos, desordenarlos y reacomodarlos. Luego volver a pensarlos. Rescribir la lista oficial de mis paradigmas existenciales y pegarla con un imán en la nevera. Para no olvidarme. El también quería cambiar, y eso me gustaba. Me gusta que la gente le saque la lengua a lo que no se mueve, que ande siempre buscando pistas para moverse mejor. Le hubiera dicho que si me aburría demasiado en Madrid me tomaba un avión y nos tirábamos algún finde mojándonos los pies en el Ganges. Seguro que no iba a poder evitar preguntarle si creía, como Heráclito, que uno nunca se baña dos veces en el mismo río, o si más bien era del bando de Parménides. Lo del principio de unidad en la diversidad era algo que me traía obsesionada desde el instituto, y tenía un par de historias en la cabeza. Capaz le gustaban y hacíamos una peli. Hasta ahí, veníamos bien. Hasta ahí.
Sin embargo, existía un detalle que hizo que toda mi empatía espiritual se venga a pique. Ni Sai Baba ni culo irritado a causa del síndrome del turista. Antón se iba a la India a cagar comida gourmet en un baño azulejado. Resultó que aquella subasta virtual no era tan virtual y el chico encontró su mecenas. El azar hizo que se sincronizara con una dispuesta a financiar su etapa de desarrollo espiritual: escribiría su peli en Delhi. Suena bien. Hasta tiene rima. Sarcasmos aparte, me alegro por el. Y el lo sabe...
No me mal interpreten. No pretendo reducir la cuestión a un tono mercantil. De ninguna manera. Seguramente, la tía le gusta mucho. Seguramente, la tía es majísima. Sin embargo, mi cabeza solo puede reproducirla de una única y abominable manera. Ella se lo lleva a la India y es, por lo tanto, la mala de mi película. La que marca terreno en Facebook. La celosa controladora por decreto. De necesidad y urgencia. La que presume de una exitosa convivencia india adornada con chofer, cocinera y vacaciones en Tailandia. Del estilo arquitectónico de la fachada de su casa. La que alardea de un Delhi con shopping mall (¿se puede ser más cutre?), enormes vodkas y lugares elegantes. Y ya se sabe todo lo que comporta la elegancia en este tipo de países donde la clase media parece ser el eslabón perdido de la sociología. Ella es la que se lleva a mi Antón a comer langosta al país que ocupa el primer puesto mundial en desnutrición infantil. La hereje de todas las teresitas descalzas. La vacía de cualquier sueño socialista. Reducción de disonancia para la teoría psicológica. Para mí, la única alternativa posible de pensarla. Porque ella me quitó todo el tiempo que yo guardaba...
Apuesto a que cuando Proust escribió En busca del tiempo perdido estaba pensando en un apuesto muchacho que huyó en el transiberiano detrás de un señor elegante. Yo escribo Mi vida sin Antón en la era de las compañías low cost, perdiendo mi tiempo y sin estar completamente segura de volver a encontrarlo. Entonces empecé a pensar en si esto del abandono no era una especie de estigma diabólico en mi vida. Más concretamente este tipo particular de abandono. Estas cosas surrealistas que me suceden, que me hacen caer de continuo en las excepciones como si fuera, en vez de una persona, un personaje de Cortázar. La gente que me conoce sabe de lo que hablo. Estas cosas sólo me pasan a mí. No, no es un mito rural como la mujer vestida de blanco que se te cruza una noche en la carretera, la metes dentro de tu coche y luego desaparece. El mito no es tan mito y es urbano. En este caso el fantasma es un hombre que viste de oscuro, que va ocasionalmente de visita a tu casa, lo metes dentro de tu cama y luego desaparece. Peor aún, se muda a un país tercermundista a llevar una vida primermundista con dietas y desplazamientos pagos.
No. No es un mito. Ya me pasó una vez. Dos, lo considero demasiado. Y aunque la primera vez me pasó antes de los 20, la situación es comparable. Tenía un pisciano que me volvía loca, pero estábamos en la fase nihilista del “no somos nada”. Entonces una mañana de verano fui a buscarlo y ya no estaba. Se había ido a México con otra que también le rondaba. La tía tenía pasta y se lo había llevado a vivir la dolce vita al mejor lugar del DF. Duraron tres meses. Hasta que a él le afloró su versión Diego Rivera y la pobre Frida no pudo soportarlo. Un día Agustín no tocó más el piano y mi chico se volvió caminando. Luego me pidió perdón y entonces fuimos algo. Tres años después, lo estaba manteniendo yo en un coqueto barrio de eso que llaman el segundo mundo latinoamericano. Ocho horas como empleada pública al día financiaban su utopía creadora y las clases de inglés de su hija. No hace falta aclarar cómo terminó la experiencia de manutención ni decir que el sujeto nunca se dignó a limpiar los rastros de su arte en mi salón. ¿Esto es “arte” o lo tiro? Esa pregunta tan simple, pero capaz de resumir la esencia del arte posmoderno en seis palabras, era la que salía de mi boca cada vez que su arte me hartaba.
Tampoco es la intención tender un puente entre mi ex y Antón. Pero creo que la analogía sí que es procedente a los fines de analizar eso que se configura como “la nueva economía del romanticismo”. Mi versión marxista del abandono. El materialismo histórico en su máxima expresión práctica. La teoría de la dependencia subvertida y reactualizada. Mi Antón se había convertido en el nuevo gurú de la economía del braguetazo. Si se enterase Hayek, se levantaría de su tumba y le daría un apretón de manos. Mejor que no se entere. Que Dios mantenga en la gloria al neoliberal y no lo suelte. Mi amigo Marx le hubiera explicado la relación entre trabajo, plusvalía y capital, y le hubiera advertido los efectos del opio por si acaso viajara a Tailandia. No se me ocurre qué pensarían Cardoso y Faletto. Después de todo, la alegría no es solo es brasilera y los dependentistas perdieron peso en los especulativos vaivenes teóricos de la economía...
Teorías aparte, y dada mi repetida experiencia práctica, puedo asegurar que los hombres mantenidos del nuevo siglo parecen tener alguna pseudo-vocación para justificar sus interminables períodos de descanso. Peor aún, nosotras fingimos a la par de ellos que estos adorables perezosos son escritores, artistas plásticos, actores, guionistas, y cualquier actividad que incluya algún tipo de trabajo creativo. Todo ello sin negarle al mantenido todo su potencial de ser muchas otras cosas como encantador, seductor, sexy y protector. Sin embargo, recientes estudios demuestran que por cada tía proxeneta, hay varias mujeres hartas y totalmente resentidas por ser el único o principal sostén de la casa. ¿Y quién puede culparnos? En estos tiempos en que la igualdad de género construye tantos ministerios, deberíamos preguntarnos si este nuevo estilo de economía de las relaciones no tiene que ver con el omnipresente miedo femenino a la soledad. Súmese a eso un hombre de espíritu libre renuente a formar parte de la fuerza laboral y ya está.
Yo misma le ofrecí a Antón la mitad de mi cama, un hueco en el armario, la patria potestad del mando a distancia, no hablar si ponen basket en la tele, sexo por las noches y también por las mañanas. Algún día me lo llevaría a brindar con ron a La Habana o a empacharnos de gateaux au chocolat en cualquier callejón parisino. Sí, yo misma lo propuse. Yo, ex-fashion argentina, convertida eventualmente al hipismo, felizmente mileurista y fatalmente contradictoria. La mía había sido una transición difícil, lo admito. Un día me dije que ser politóloga y tener cinco títulos de postgrado no es lo primero. Había estudiado políticas porque a los 17 creí que podía cambiar el mundo. Después la idea se me fue solita de la cabeza. Después me aburrí de los filósofos políticos teorizando desde su escritorio sobre la democracia y la igualdad. El barco se hundiría de todos modos, y nadie tiraría salvavidas en las universidades. Yo no podía remediarlo. Me había embarcado en la empresa más difícil de todas y eso más de una vez me hizo pensar si no me había equivocado. Evidentemente, estaba atravesando una crisis vocacional. 10 años después sabía que a esta altura de la vida no sería una actriz polémica y transgresora que desayuna crepes en París todas las mañanas. Tampoco sería una atractiva detective forense en Nueva York con un jefe malo y sexy. No iba a ser corresponsal de alguna guerra en los Balcanes portando unos Ray-Ban y tirándome salvajemente al cámara en alguna trinchera. Tampoco sería una eminencia en genética soportando juicios éticos sobre clonación humana ni haría una peli surrealista saturada de cambios de plano. La tenía difícil. Necesitaba algunas vidas más y algunos vicios menos si quería ser todo eso y algunas otras cosas. Tenía que asumir que de una vez por todas mis personalidades tendrían que ceder protagonismo y ponerse de acuerdo en nombrar a un yo embajador de mi persona en el mundo real. No quería terminar como Girondo y tener que mandarlas a todas a la mierda. Después de todo, a veces me divertían. En un mundo donde las opciones se multiplican y hasta te las envían a domicilio, ¿qué podía hacer yo si el puto Mercurio me había hecho tan cambiante? Estaba perdida.
Entonces, y si para todo eso ya no había tiempo, a los 27 me convencí de que ser parte de la comunidad de científicos sociales no estaba nada mal. Ahí tenía yo mi lugarcito en el mundo del conocimiento. No podría cambiar el mundo, pero sí iluminar conciencias. Algún día me leerían y me refutarían, y yo les haría de goma el contra-argumento, por supuesto. Aunque muy en el fondo, y en disputa con muchas otras cosas, me gustaba lo que hacía y el ambiente académico lo reconocía. Además, el ritmo universitario me dejaba tiempo para leer y releer muchos libros, escribir algunos cuentos, mirar pelis y pensar en mí. Y mi nómina de investigadora me permitía darme el lujo de vivir en mi pedazo preferido de mapamundi madrileño y poder contemplarlo desde un balcón.
Desde ese mismo al que yo invitaba a Antón a asomarse con un café todas las mañanas. Pero algo sé sobre mercados eficientes y puedo vaticinar que mi oferta es, lisa y llanamente, un mal negocio. De hecho, es bastante probable que mis rentas no aumenten y existe la certeza absoluta de que, a menos que pase por el quirófano, no me volveré más guapa. Así que, en términos económicos, soy una especie de activo que se deprecia. Y no solo soy un activo a la baja, sino que mi depreciación se acelera al ritmo de mi vida sedentaria. Digamos que entonces, y en términos de Wall Street, podría auto-denominarme como una acción para intercambiar y no una para comprar y mantener. Que el Parlamento Europeo no se alarme. La crisis del Euribor, comparada con la mía, no es nada.
Pero se equivoca mi gurú si cree el pump and dump me puede hacer patear el tablero, porque pienso seguir cotizando. Insert coin muchacho, que sigo participando. También se equivoca si piensa que mi mirada mercuriana no lo va a seguir escrutando. Porque va a tener que meterse en un pozo, va a tener que ignorarme, va a tener que llenarme el culo de patadas y los brazos de moretones si cree que yo, con toda mi locura perversamente incorregible, no voy a seguir mostrándole en la cara todo eso que fabricamos cuando estamos en mi cama.
Que sepa que aquí lo espero. Con el edredón abierto y con este espacio como testigo directo. Se lo grito a los cuatro vientos. Y no me avergüenzo. Todas esperamos. Unas tejen, otras escriben. Algunas Penélopes de la nueva era nos desahogamos en un Office2000 y si nos sentimos solas nos compramos un i-pod. Y yo sé que mi Ulises posmoderno, ese que lee cómics y juega a la play, tarde o temprano amarrará su yate de 12 metros en Lavapies. Tarde o temprano. Y entonces, algo será seguro. Me acudirán unas ganas ineludibles de comerle la boca. O no. Porque es probable que con el escurrir de los soles mi Antón deje de arrastrar los pies y camine como toda la gente seria. También es probable que con el tiempo deje de asomarme compulsivamente al balcón cada vez que oigo rebotar una pelota en la calle. Algún día me cansaré de evaluar toda clase de teorías y de resbalarme cada vez que me subo a la bañera para poder mirarme el culo en el espejo. Me dejaré de hacer balances sociológicos sobre el hombre del nuevo siglo y me convenceré a mi misma de que mi Antón es como todos los antones del mundo. Un Antón del montón.

Pero esta noche, en la que trato vanamente de dominar este sueño esquivo, el es el Antón que me tiene desvelada. Uno que me encontré la noche que cumplí 27, en medio del torbellino de mis cambios paradigmáticos. Uno con barba mimosa y pelo del que tirar cuando se mete en mi cama. El chico del pecho más ibérico del mundo, aunque a él le haga gracia. Uno con el que no quiero hijos ni este año ni el próximo, pero que supo derretirme con un abrazo bien dado la noche que estuvo en mi casa y me secó las lágrimas.

Esta vez no voy a dar detalles jugosos de la situación. Todavía los estoy procesando. Solo diré que si en vez de ser una politóloga trasnochada tuviera un bar en Argumosa, el abandono con patatas “a lo pobre” sería la especialidad de la casa...


Bon appetit pour moi, ma petite fille dramatique.

Chapeux pour elle.

Bon voyage, mon chéri gigoló.


Y sólo como despedida, un buen beso francés para Antón.

(Ne me quitte pas... We’ll always have Paris)

1 comentario:

Harry Haller dijo...

Brillante Alina. Soslayando mis implicaciones en la historia te diré que estás en la más absoluta vanguardia de la antropología de los sentimientos.