sábado, 1 de noviembre de 2008

IV

Eran las 8.30 p.m. de un lunes cualquiera. Yo llegaba a mi barrio después de haber estado todo el día manteniendo a la fuerza mi imagen de doctoranda estrella. Estaba cansada. Cansada de todo. De mi también. Además de existir -como si eso no fuese ya demasiado- tenía que subsistir. Tenía que mantenerme viva a mi misma, vaya putada. Algo tendría que cenar. Algo fácil. Algo guarro. Algo calórico. Algo que se haga en el tiempo exacto que demoro entre ponerme el pijama, encontrar las pantuflas debajo de la cama y elegir la peli que más se adapta a mi estado de ánimo en esa franja horaria. Una vez más, tocaba el plan de las 3 P. Estaba resignada.
Salí del metro y me metí en el supermercado casi por acto reflejo. Di 8 pasos y comenzó a temblar el suelo. Se me taparon los oídos y un ruido silencioso como de sala de informática con ordenadores encendidos se adueñó de mi cabeza. Entonces lo vi y me quedé paralizada. Reaccioné cuando el segurata rubio me tocó la espalda. Tenía que revisarle las bolsas a un senegalés y parece que yo le estorbaba. Di el noveno paso. Mierda. Ahí estaba mi sujeto-objeto encarnado en todo su inexorable realismo. Yo me lo había estado imaginando durante tres meses en una reducida variedad de locaciones (básicamente, mi casa), tenía revisados los diálogos, controlada la iluminación y el ángulo de la cámara anatómicamente preparado. Contrapicado. Aberrante. Subjetivo. Mi storyboard se parecía más a un cómic porno que a cualquier otra cosa, y ahora tenía que desmontar el proyecto y readaptarlo a la luz blanca e impersonal de los supermercados.
Me metí la súper 8 en el culo y volví en mí. O en si. Bemol, porque quedé tocada. Ahí estaba mi dandy virginiano entre los panes. Me mareé. Me recuperé. Volví a mirar. Los panes y el. El y los panes. Me di vuelta. Me dolía la panza. Me hacía pis. Me entraba la risa. Me descompensaba. Imaginé a un residente del SAMUR diciendo la emblemática frase “está fibrilando” después de mi inminente desmayo. Volví a mirar. Era mi Antón, si. ¡Y qué lindo que estaba! Atiné a esconderme, pero ya lo tenía a menos de un metro de distancia. Estaba de espaldas. Pero, ¿así como estoy? ¿con esta cara de reventada? ¿por qué no me lo encuentro en el bar de la esquina con dos mojitos encima, rimel en las pestañas y el pelo recién secado? ¿y si me había visto antes? ¿y si efectivamente me había visto y por eso seguía de espaldas? ¿y qué pasaba si la tía que estaba a su lado eligiendo otros panes más integrales era su compañía? ¿Me hacía la boluda? Yo, argentina. ¿Paso? ¿Lo saludo? ¿Paso? ¿Lo saludo? ¿Lo saludo? Paso. No, mejor lo saludo.
No sé cómo fui capaz de pensar todo eso en un par de segundos, pero finalmente nos encontramos. Y la verdad que para vernos por primera vez en casi tres meses, digamos que fue un encuentro de lo más ridículo. Yo trataba de disimular mi somatización emocional producto del choque con la realidad, pero no podía. Dije un montón de estupideces, todas de corrido. El también estaba medio nervioso, o medio tranquilo. No era el Antón que se tomaba una cerveza desnudo en mi sofá mientras me miraba bailar. Lo sorpresivo del encuentro le había quitado naturalidad, esa cosa infantil que a mí me gustaba. Pero de todos modos, estaba hermoso y me había dejado obnubilada. Creo que se había estirado un poco. Después de todo, el chico estaba todavía en edad de crecimiento. Más alto y guapo que nunca, tenía el pelo más largo, la barba más sexy, los jeans más caídos, la chaqueta más apropiada...
Y fue entonces cuando confirmé mis sospechas: mi Antón era un auténtico guay. Guay lo que se dice guay. Un guay self-made de lo más prototípico. De esos que caminan pateando latas imaginarias de alguna cerveza importada y tienen asistencia perfecta en todos los festivales que celebran la totémica trilogía pop-indie-electro. En el lado del mundo de donde yo vengo la gente no es guay. Ni siquiera en Paraguay. La gente es cool, es in, es fashion, es top. Stop. ¿Qué hacía yo, que había renunciado estoicamente a todo eso, derritiéndome por un tío born to be guay? Por un tío que seguramente muere por esas chicas hiperflacas que van por la vida subidas a unas convers blancas pero sin lavar, con un jean que no les queda ni bien ni mal, una camiseta asexuada color gris topo -otra tonalidad del gris no vale- y gafas de acetato. De esas que no tienen friz y el flequillo siempre se les queda para el costado. De esas que adoptan el estilo “muñeca de primera comunión” a la hora del make-up y ellos no notan que van maquilladas. Belleza natural. ¡No te jode! En fin, a los guays, les van las guays. Eso es casi una ley natural. ¿Dónde se ha visto un guay sin otro guay? Tengo algunos prejuicios, lo admito. (Aunque todavía no entiendo cómo se puede ser guay y decir “vaqueros” en vez de jeans. Exijo que algún guay me lo explique. Chachi guays, abstenerse).
Mi Antón era un guay, sí, pero era hermoso. ¡Y cuánto más bello puede verse un hombre en un supermercado! Ni que decir si una se lo encuentra junto a los panes y con un brick de caldo en la mano. ¡Qué imagen más candeal! Creo que hasta me imaginé un campo de infinitas espigas doradas moviéndose al compás del viento. Era casi perfecto. Debió notar mi perplejidad, porque me contó que su compañera de piso estaba malita y él le iba a preparar una sopa. La información digamos que no era necesaria. Pero su gesto me dejó pensando. Y creo que me di pena. Quizás porque estaba más sensible que de costumbre. Llevaba un tiempo medio aburrida de que todo se me rompa. Incluso se me había dado por pensar si no era yo misma la responsable de las fragilidades de mi vida. De las domésticas digo. De las otras fragilidades sí que era culpable, y eso lo tenía más que claro. Se me había roto la cisterna y solo había conseguido inundar el baño después de mover varios palitos y no saber como recolocarlos. Mi lavadora había entrado en rebelión contra mis prendas delicadas y se paraba donde se le antojaba. Se me habían quemado dos lamparitas y siempre compraba el foco del tamaño equivocado. Todavía no había podido descifrar el funcionamiento de mi sistema de calefacción con ladrillos refractarios. Llevaba ya un tiempo con una cortina sin colgar por no tener taladro, y porque si lo tuviera, tampoco sabría usarlo. Y como si todo eso no fuese ya suficiente, el dvd ya no me leía las pelis grabadas, y eso acotaba desesperadamente mi huraño universo de entretenimiento. Peor aún, me había comprado tres cactus en dos días y estaba barajando la opción de transplantarlos. Sí. Por primera vez en mi vida iba a transplantar una planta, con el mal rollo que me dan a mí los vegetales fuera de su hábitat. Es más, pensaba aprovechar ese primer impulso botánico para tener un balcón como Dios manda, aunque no me creía capaz de reforzar con alambre de acero las macetas, ni mucho menos de regar las azaleas.

Y ahí tenía la respuesta. En un brick del caldo de la abuela. Entonces me di cuenta de que el gran problema de mi vida es el desequilibrio entre lo que tiene y lo que le falta. Ya sé que ése es el problema básico de casi todo ser vivo. Pero en ese momento me pareció que la distribución de mis cargas karmáticas para esta vida estaba siendo muy desconsiderada. Al final de cuentas, a mí nadie me prepara un caldito cuando me enfermo. Si me sorprende algún infarto, llamo a urgencias y lloro con el médico de guardia. A mí no me rompen las bolas. No preparo cenas sofisticadas, ni mucho menos desayunos americanos. Me mantengo contenta comprando trapos por el barrio. A veces ceno comida india con una amiga que también está sola. Fumo y bajo al chino en pijamas. Nadie me reta. Nadie me dice nada. Nadie deja la tabla levantada. Hablo sola, con ganas de escucharme y entenderme. No me sé las fechas de la UEFA. No tengo a ese que me explique si orsay es lo mismo que posición adelantada. Tampoco tengo a ese que me caliente la cama tres veces por semana. Tomo té con limón de madrugada y salgo al balcón cuando estoy desesperada. Nadie me reclama la mitad del edredón ni se queja de mis extremidades congeladas. No me duermo sobre ninguna panza cervecera mirando dibujitos animados a las 3 de la mañana. Nadie baila desnudo en el living de mi casa. No tengo dudas, ni broncas, ni perdones. Nunca cierro del todo las ventanas. Paso una mitad del día medio triste y la otra casi maravillada. No tengo a uno para robarle el chándal. Uno que se saque las zapatillas cuando llegue a casa, aunque venga sudado de la cancha. Uno con una barba que haga cosquillas. Uno con el que tomar muchas birras. Uno para matarme de risa. Uno para tener sexo con ganas... En fin, ese lunes me tocaba el karma de volver a casa sola cargando las bolsas. Abrir la puerta y que no haya música de fondo. Me tocaba tumbarme en el sofá a devorar una pizza y masticar una película. Ay de mí, que nadie me preparaba un caldito ni me ponía el termómetro en la boca. Ni otras cosas en otro sitio. Sola. Sola para casi todo.

Me despedí de Antón con la vergüenza de la primera mañana y las ganas de la última noche. Entonces, y ante la góndola de congelados, me prometí a mi misma que llevaría mi soledad con la mayor dignidad posible. Decidí que si nadie me cuidaba, tenía que asumir los riesgos y cuidarme yo solita. Para empezar, nada de pizzas. Empecé a llenar el carro medio con bronca, medio sin pensarlo. Lácteos, verduras, carnes y productos envasados. Me autoabastecí como si una tercera guerra mundial fuera inminente. Sentía la obligación moral de auto-protegerme (obligación que me costó 30 pavos más de los que pensaba gastar). Me procuraría casi todo lo necesario como para no tener que volver al supermercado. No quería volver a ver a Antón con un caldo en la mano. No me quería volver a enfrentar con mi soledad en la góndola de congelados.
Finalmente llegué a casa, cargando todo mi arrebato de autocompasión tres pisos por escalera. No me esperaba ese que elija por los dos la peli, y que si no me gusta, esté dispuesto a cambiarla. Tampoco tenía bien claro cómo me sentía, y sin definir mi estado de ánimo era incapaz de compenetrarme con historias ajenas. Me quedé delante de la estantería un rato. Como no me decidía, me puse a oír algunos de los acordes más transgresores de Ástor. Me envolvieron, me atraparon. Casi sin pensarlo, ya estaba escribiendo...

Llegaste a través del sonido de un fratacho,
en alguna pieza de Piazzolla.
Pieza, así dice mi abuela.
Una pieza de Piazzolla en la pieza de la que pía sola.
Pía: Sola!
Pía: Sola! Sola!
Pía: Sola! Sola! Sola!
Un sola grande, un sola solar.
Piando un sola de una sola sin solarium.
¿Un fratacho o un fracaso?

Vale. A veces se me sale la cadena. Pero se me pasa. Contenta con mis rimas del día, me atreví a meter mano en mi inmaculada cocina. De repente, me vi luchando con un pollo perfectamente depilado mientras pensaba que yo también debería de estarlo. Volví al salón y cambié la música. Necesitaba algo más cañero para mi contienda culinaria. Cambié al rey del tango por el rey lagarto y me volví a la cocina bailando. Mi ave fénix de criadero seguía muerto y coleando en la encimera. ¿Cómo se me había ocurrido comprar el animal entero en vez de descuartizado? ¿Por dónde empezaba? Supongo que por las patas. Forcejeamos un rato. Él, con su rigor mortis. Yo, con mi cuchillo desafilado. Al final le gané, pero no me expulsó de mi paraíso. Me puse las gafas de sol y piqué una cebolla (no es una excentricidad, es mi método por excelencia). Seguí con los pimientos, pero no me quité las gafas. Poseída por el síndrome “bailo mientras cocino” al mejor estilo Arguiñano, terminé cocinando como para alimentar más bocas que el piquetero en Puerto Madero.
Luego no comí. Luego se me fueron las ganas. ¿Qué hacía ahora con todo ese pollo decorado? ¿Lo volvía a matar? ¿Lo resucitaba? ¿Lo exorcisaba? Estaba comenzando a desesperarme y no tardaría en correr hacia la ventana. Esta vez, con pollo y todo. Un atisbo de sensatez me invadió y decidí que mantendría la dignidad hogareña y el sentido de la organización a salvo de mi autodestructiva soledad doméstica. Por suerte, alguien había inventado el congelador. Ya no volvería a saturarme de hidratos de carbono porque ahora tenía la DDR de proteínas confiscada en el rincón más glacial de mi cocina. Me aclaré a mi misma que me refería a eso que los nutricionistas llaman dosis diaria recomendada. A la República Democrática Alemana ya la habían congelado hacía tiempo y la habían guardado en dos o tres museos todavía más fríos y vacíos que mi nevera.
Entonces volvió mi versión más académica y me quedé pensando en las políticas de la memoria. Me aburrí y llené la bañera con el fin de divertirme un rato. Me preparé un té con limón, me lié un cigarro y me asomé al balcón. Las ventanas del barrio ya no tenían luces, se venía encima la madrugada. Sin embargo, yo ya no estaba desesperada. Había en el aire una sensación de calma. Escribí un cuento y me fui a la cama con sueño. Después de todo, no parecía estar tan mal mi vida congelada...
Esa noche nadie me rompería las bolas. Y en el fondo, yo estaba encantada de que así fuera.